Muhammad Ali: una Vida en Diez Asaltos

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Casi ningún analista deportivo lo discute: Muhammad Ali es la mayor figura en la historia del deporte. Desde el inicio de su carrera se empeñó en decirlo a los cuatro vientos (“soy el más grande”) y la gente lo tomaba a broma, como una más de sus constantes payasadas… pero él realizó hazaña tras hazaña hasta convencer al mundo de que realmente lo era.

Primero se convirtió en el más técnico e imaginativo de los pesos pesados. También en el primer icono deportivo capaz de atraer constantemente la atención de los nuevos medios de comunicación sobre sí mismo, con toda clase de diabluras y geniales trucos publicitarios basados en su arrollador carisma.

Después fue capaz de sobreponerse a cuatro años de retiro forzoso —en los que su gobierno le quitó el título de campeón y le prohibió boxear— para regresar a lo más alto.


Realizó un milagro en Zaire, cuando venció contra todo pronóstico a un todopoderoso George Foreman. Y protagonizó la más intensa rivalidad deportiva de todos los tiempos, en tres antológicos combates, contra su archienemigo Joe Frazier. Combates que fueron subiendo de intensidad hasta que ambos púgiles estuvieron a punto de matarse mutuamente.

Esta es su historia contada en diez asaltos. Es la pelea de Ali contra la eternidad: una pelea que por descontado vencerá Muhammad Ali… “volando como una mariposa y picando como una avispa”.

Primer asalto, contra los matones del barrio:

1954. En un humilde barrio de Louisville, la principal ciudad del pintoresco estado de Kentucky, un oficial de policía es abordado por un lloroso chaval negro de doce años, quien le cuenta entre lágrimas cómo los matones del barrio le han robado la bicicleta.

El policía le dice al muchacho “mira, chaval, será muy difícil que consigamos recuperar tu bicicleta” pero a cambio le da un buen consejo: podría prevenir futuros atracos practicando alguna técnica de defensa personal, como el boxeo. El niño —quien, por si no lo hemos dicho todavía, se llamaba Cassius Clay— aplicó el consejo al pie de la letra y comenzó a tomar clases de boxeo, entrenando obsesivamente no sólo hasta conseguir hacerse respetar en el barrio sino tambiñen convertirse en el mejor púgil amateur del país.

Durante los siguientes seis años, un adolescente Cassius Clay barrerá en el mundo del boxeo juvenil: ganará seis veces la competición anual del Guante de Oro de Kentucky, destinada a decidir quién era el mejor púgil aficionado del estado.

También ganará dos veces el Guante de Oro de los Estados Unidos y culminará esta brillantísima etapa con una medalla de oro en las Olimpiadas de 1960. Sin saberlo, aquellos matones que le robaron la bicicleta y aquel policía que le aconsejó boxear habían desatado una de las mayores fuerzas de la naturaleza en el deporte del siglo XX.

Segundo asalto, contra la ortodoxia:

Aunque en el tercer asalto de esta biografía hablaremos del modo en que el joven Cassius Clay usó su carisma y su histriónica personalidad para romper moldes en el mundo del pugilismo, no sería justo olvidar su aportación técnica, que sencillamente revolucionó la categoría de los pesos pesados.

Cassius Clay modeló su estilo de boxeo en torno al de su ídolo Sugar Ray Robinson; un estilo basado en un constante y agotador juego de pies —esquivando los golpes en vez de protegerse con los puños en alto, como era costumbre hasta entonces— y contraatacando continuamente con veloces combinaciones de golpes en vez de buscar el K.O. por la vía rápida. El propio Clay definió esta forma de pelear con la ya legendaria frase “vuelo como una mariposa, pico como una avispa”.

Pero el gran mérito de Cassius Clay radicaba en que, mientras Sugar Ray Robinson había sido un peso medio de menos de 72 kilos, Clay pesaba más de noventa. Aun así, el público le podía ver recorriendo el ring como un bailarín, gesticulando con increíble rapidez de reflejos y moviéndose con una agilidad inaudita en alguien de su tamaño.

Durante sus primeros años como profesional, Cassius Clay cimentó su prestigio como prodigio técnico gracias a la insóluta proeza de pelear como el mejor de los pesos medios, pero siendo un peso pesado. De hecho, en la listas de mejores púgiles de la historia suele aparecer en segundo lugar, sólo por detrás del propio Sugar Ray Robinson.

Tercer asalto, contra el anonimato:

 Cassius Clay lo tuvo claro desde el principio, desde mucho antes de llegar a ser campeón. Quería ser diferente. Quería ser universalmente famoso y labrarse un lugar privilegiado en la historia. Cuando todavía no era nadie ya hablaba de sí mismo en términos hiperbólicos («soy el más grande») y su actitud arrogante parecía preparar el camino para las grandes gestas del futuro, aunque en sus inicios parecía pura fanfarronería barata.

Usaba cualquier recurso a su alcance para publicitarse: uno de los trucos más célebres durante sus primeros tiempos era el de anunciar el número exacto de asaltos en los que iba a tumbar a sus rivales, predicción que además solía cumplir. También recurría a su imparable y divertida verborrea, generalmente para burlarse de sus rivales, ridiculizándolos o incluso insultándolos abiertamente.

Cassius Clay era consciente de la enormidad de su carisma y lo usaba sin escrúpulos, no preocupándole el hecho de resultar simpático o antipático. A algunos les caía bien, otros no soportaban sus continuas payasadas, pero eso a él le daba igual. Quería que se hablase siempre de él, para bien o para mal.

Cuarto asalto, contra Sonny Liston:

Durante su rápida ascensión, Cassius Clay dominó a todos sus rivales con aquel imparable cóctel de rapidez, técnica e inventiva. Pero en 1965 había serias dudas de que pudiese destronar al campeón mundial, el temible Sonny Liston, cuya agresividad y potencia causaban tanto espanto que muchos púgiles se negaban a enfrentarse a él.

Liston tenía una oscura biografía a sus espaldas. Procedía de un entorno marginal y de hecho no se conocía su verdadera edad, puesto que ni siquiera había sido censado al nacer. Tras campar a sus anchas como delincuente juvenil, atracando tiendas y gasolineras, pasó unos años en la cárcel… de lo cual, por cierto, no se avergonzaba demasiado:

“Al menos me daban tres comidas al día”. Entre rejas comenzó a boxear y pronto quedó claro que ningún preso podía medirse con él sobre el ring de la prisión, a riesgo de sufrir severas lesiones. Dado que no podía pelear con otros reclusos se invitó a la cárcel a un antiguo boxeador profesional para medir el potencial de Liston, y tras unos intercambios de golpes el púgil invitado se negó a seguir peleando (“¡Este tipo va a matarme!”).

Tras ser puesto en libertad, Sonny Liston dejó las riendas de su carrera en manos de la mafia —lo cual era un secreto a voces que no contribuyó a mejorar su imagen pública precisamente— y llegó a coronarse campeón destronando a Floyd Patterson, uno de los deportistas más queridos del país y cuya carrera prácticamente hizo pedazos.

Antes del combate por el título, Cassius Clay se dedicó a perseguir a Sonny Liston en apariciones públicas, riéndose de él y gritándole estupideces desde la distancia, o recitando divertidísimos poemas destinados a ridiculizar al campeón. Liston, conteniéndose ante las cámaras y los testigos, se limitaba a lanzarle su característica mirada torva, que parecía querer decir “si me hubieses hecho esto en la cárcel ya estarías muerto”. El campeón incluso llegó a sacar una pistola de fogueo para asustar a Clay, cansado de su constante acoso.

No obstante, pese a la palabrería mediática del aspirante, no eran muchos quienes confiaban en sus posibilidades. Y contra todo pronóstico, en el combate Clay demostró hasta qué punto llegaba su superioridad técnica: dominó sin problemas a Liston, venciéndole pese al juego sucio que casi arruina la velada (Liston puso una sustancia irritante en sus guantes para dificultarle la visión a Clay, lo que le tuvo perdido sobre el ring durante un par de asaltos).

Como el propio Clay dijo eufórico al terminar el combate: estaba en la cima del mundo. Entre 1965 y 1967 defendió su título nueve veces —incluyendo una revancha contra Sonny Liston en la que lo fulminó— y estableció un listón técnico incomparable, cambiando para siempre la percepción del peso pesado en el boxeo. Se sigue esperando ver uno igual al Clay de aquellos primeros años.

Quinto asalto, contra el sistema:

Al poco tiempo de proclamarse campeón, Cassius Clay sorprendió al mundo anunciando su afiliación al grupo radical Nación del Islam, una organización extremista liderada por el excéntrico visionario Elijah Muhammad. El grupo predicaba la necesidad de que Estados Unidos se separase en dos naciones, una cristiana para los blancos y otra islámica para los negros. Clay entró en la organización gracias a su amistad con Malcolm X, el elocuente y carismático portavoz de la organización.

Clay renunció a su “nombre de esclavo” y se presentó públicamente como Cassius X, aunque no tardaría en cambiarlo por el nombre definitivo de Muhammad Ali. La noticia causó perplejidad en muchos e indignación en tantos otros. Incluso la propia madre de Ali salió en televisión expresando su disgusto al ver que su hijo renunciaba a la tradición cristiana de la familia.

También respetadísimos ex-campeones negros estaban perplejos o decepcionados: el legendario Joe Louis dijo que era una lástima que el nuevo campeón se hubiese unido a aquella secta extremista en vez de representar a toda la América negra. Floyd Patterson dijo que Ali era demasiado joven y había sido guiado por gente inadecuada: «lo mismo podría haberse unido al Ku Klux Klan», dijo con ironía. De todos modos, la opinión general era la de que todo formaba parte de un capricho pasajero: Cassius Clay nunca había dado la impresión de ser capaz de tomarse las cosas muy en serio.

Esa percepción cambió cuando el ahora llamado Muhammad Ali se negó a acudir a la citación de reclutamiento que le envió el ejército estadounidense, cuando la guerra del Vietnam estaba en pleno apogeo. Se declaró objetor de conciencia por motivos religiosos:

“la guerra está en contra de los preceptos del sagrado Corán”, dijo, aunque lo resumió mucho mejor con una de sus características frases ocurrentes: “ningún Vietcong me ha llamado nunca negrata“. La cosa era ahora mucho más trascendente que el simple escándalo mediático causado por su conversión. Muhammad Ali se enfrentaba a una posible pena de cárcel.

El juicio fue espectacular: cada vez que el juez llamaba al boxeador por su nombre legal de Cassius Clay, él respondía con total seriedad “mi nombre es Muhammad Ali, señor”. El púgil se transformó repentinamente en una controvertida figura política, dando conferencias en las que abandonaba sus típicas bufonadas y se mostraba con una actitud mucho más seria y reflexiva.

Aunque finalmente no fue encarcelado, la sentencia judicial le despojó del título mundial de boxeo (cuando Ali ¡nunca había perdido un combate! Su registro era inmaculado: 29 peleas, 29 victorias, 23 de ellas por K.O.) y se le retiró la licencia para pelear profesionalmente.

Muhammad Ali se veía forzado a retirarse de los cuadriláteros justo en el mejor momento de su carrera, cuando tenía veinticinco años. Aquello terminaba con los que, técnicamente, fueron sus mejores años como boxeador. No pudo volver a subir a un ring hasta 1970 y nunca recuperó completamente la agilidad de sus primeros años.

Sin embargo, paradójicamente, sus más grandes gestas deportivas aún estaban por llegar. Había desaparecido Cassius Clay, el boxeador técnicamente perfecto, pero estaba por venir Muhammad Ali, la leyenda del cuadrilátero.

Sexto asalto, contra Joe Frazier:

Ali ejerciendo su afición favorita: ir al gimnasio de Joe Frazier para importunarle con sus continuas payasadas y provocaciones.

Cuatro años de retiro forzoso son más que suficientes para destruir la carrera de un deportista, pero Ali retornó dispuesto a recuperar sobre el ring los títulos que los tribunales le habían arrebatado por causas políticas.

En 1971, cuando ali pudo aspirar de nuevo al título, el hombre a batir era Joe Frazier, un boxeador duro y de estilo agresivo. Frazier tampoco había perdido nunca un combate; de hecho su registro era tan impresionante como el del propio Ali. Pese a que las ideologías políticas de ambos púgiles eran completamente opuestas, Frazier no tuvo inconveniente en apoyar el retorno de Ali a los cuadriláteros.

Joe Frazier era de ideología conservadora y aprobaba plenamente la intervención americana en Vietnam. Admitió públicamente que no le gustaba nada el extremismo político de Ali, pero eso no le impidió defender el derecho de su futuro rival a recuperar la licencia de boxeo e incluso llegó a ayudarle económicamente cuando Ali se vio metido en problemas monetarios.

La relación entre ambos era buena… o fue buena hasta que los dos boxeadores tuvieron que enfrentarse por el título en lo que se anunció como “Combate del Siglo”, una pelea que pondría sobre la lona a dos púgiles dominantes que no conocían la derrota. Muhammad Ali volvió a sus antiguas tácticas de humillación mediática del contrario, olvidando la gentileza y caballerosidad con que Frazier le había tratado hasta entonces.

Aparte de sus características chanzas insultantes (empezó a referirse a Frazier como “Magilla el gorila” y soltaba perlas tales que “Joe Frazier es tan feo que debería donar su cara a la Oficina Nacional de la Fauna Salvaje”), Ali fue todavía más lejos, acusando a su rival de ser un perrito faldero de los blancos y un indigno representante de la raza negra.
Calentar un combate de ese modo era algo desconocido en 1971 y Joe Frazier, lógicamente, se lo tomó como algo personal.

De hecho, ambos púgiles estuvieron a punto de llegar a las manos en un programa de televisión, cuando el habitualmente correcto y educado Frazier no pudo soportar más las provocaciones de Ali y se levantó de su silla ante la expresión de pánico absoluto del presentador, que por poco no se vio metido en una pelea entre dos pesos pesados… pero sin guante sni reglas. al final no se pegaron en el plató (y no, no era una táctica publicitaria).

No sólo estaba agriándose la relación entre los dos boxeadores hasta el punto de llegar al odio personal, sino que estaba naciendo una de las rivalidades deportivas más célebres e intensas de todos los tiempos.

Eso sí, de poco le sirvieron a Ali sus tácticas psicológicas. Tras los quince durísimos asaltos del espectacular combate, cuya alternancia de poderes superó incluso las expectativas más optimistas de los aficionados, los jueces otorgaron la victoria a Joe Frazier. Fue un momento devastador para Muhammad Ali: era la primera vez en toda su carrera que experimentaba la derrota. Ganó sus siguientes combates contra diversos rivales de menor entidad pero la gente daba por hecho que no podría volver a dominar el pugilismo.

De hecho, pasaron tres años hasta que pudo volver a enfrentarse a Frazier, en 1974. Ali obtuvo su venganza al vencer también a los puntos en otro intensa pelea, pero no todo el mundo estuvo de acuerdo con la decisión de los jueces. Para algunos, Frazier debió haber salido vencedor. De todas formas, la intensidad de ambas peleas y la tensión que existía entre ambos púgiles bastaron para sentar una enemistad mítica. La rivalidad había quedado en empate, y la gente tenía ganas de más.

Séptimo asalto, contra George Foreman:

El combate por el que Muhammad Ali será recordado eternamente, y no porque mostrase su mejor boxeo sino porque tuvo un aura de epopeya trágica pocas veces vista en una competición deportiva. Ali logró lo imposible y lo hizo además de un modo que se consideraba también imposible.

Su voluntad de hierro y sus ansias de grandeza pudieron más que la lógica competitiva. A sus treinta y dos años, más lento y menos resistente que en sus mejores tiempos, nadie le concedía posibilidades frente al nuevo campeón mundial, el todopoderoso George Foreman.

El invicto Foreman había ganado la friolera de cuarenta combates consecutivos —la inmensa mayoría de ellos por K.O.— y su pegada era tan tremenda que se le consideraba capaz de noquear a cualquiera casi a voluntad.

El esperadísimo combate entre Foreman y Ali se organizó en Zaire, el antiguo Congo, rodeado de una parafernalia espectacular. Muhammad Ali hizo lo acostumbrado en estos casos: calentar el combate increpando a Foreman, acusándole como a Joe Frazier de ser un servil instrumento del poder blanco, etc.

Muhammad Ali se ganó al público local elogiando las virtudes de África y apabullando a todo el mundo con su carisma, mientras el pobre George Foreman —quien, pese a su aspecto temible, era en realidad un tipo tímido y bastante sensible— no podía hacer nada por contrarrestar la avalancha mediática y populista de su rival.

Ali llegó al punto de popularizar entre los lugareños el grito “Ali, bomaye!” (que significaba literalmente “Ali, mátalo”), un grito que el desdichado Foreman tuvo que escuchar incesantemente antes y durante el combate.

La pelea, celebrada en un ambiente multitudinario, enrarecido y tenso, marcó uno de los hitos deportivos más impactantes del siglo XX. Muhammad Ali estaba literalmente vencido ante la fuerza de su rival y nadie daba un céntimo por él, pero cambió sus estrategias pugilísticas habituales e hizo lo que a priori parecía una insensatez suicida: dejó que Foreman le arrinconase contra las cuerdas, donde el campeón necesitaba sólo un puñetazo bien dado, uno, para noquearle.

Aquella estrategia kamikaze pudo haberle costado caro pero lo cierto es que durante siete asaltos Foreman intentó aprovechar la circunstancia para noquearle y no lo consiguió. Ali hizo uso de toda su experiencia, sabiduría y talento para evitar lo aparentemente inevitable, dejando que George Foreman se desgastase intentando una y otra vez ataques infructuosos.

En el octavo asalto, Foreman estaba literalmente agotado de tanto lanzar golpes y Ali —que había parecido estar varias veces al borde del desastre— resurgió cual ave Fénix y noqueó a Foreman con una de sus legendarias combinaciones, dejándole caer mientras le contemplaba con expresión de triunfo (¿la imagen deportiva del siglo? ¡sin duda!).

El estadio de Kinshasa estalló de júbilo, mientras Muhammad Ali recuperaba por tercera vez el título mundial de los pesos pesados y se establecía definitivamente como el deportista más grande que había pisado la faz de la Tierra. Hasta entonces lo había tenido todo: técnica, títulos, fama. Pero se necesita un milagro para ascender a los altares y un milagro es lo que Muhammad Ali consiguió aquella noche en el corazón de África.

Octavo asalto, de nuevo contra Joe Frazier:

En 1975, tras vencer a Foreman, Muhammad Ali había conseguido ya cualquier meta que hubiese podido proponerse como boxeador. Pero aún le quedaba una deuda pendiente: poner su título en juego frente a su máximo enemigo, Joe Frazier, y así romper el empate que definía por entonces su rivalidad.

Todo el mundo quería ver un nuevo combate Ali-Frazier y nadie iba a quedar decepcionado: la tercera de sus peleas pasaría a la historia como una de las más espectaculares del siglo. Lo que ocurrió iba más allá del más alocado guión de las películas de Rocky Balboa.

El combate se celebró en Manila, capital de Filipinas, y el lugar elegido era un enorme recinto abarrotado de gente, con mala ventilación, donde el calor y los altísimos índices de humedad contribuirían a hacer de la noche un suplicio para ambos contendientes.

La lucha estaba programada a quince asaltos y el público pudo ver a dos boxeadores que se odiaban mutuamente dejándose la piel sobre la lona pese al insoportable calor. Entre asalto y asalto había que aplicarles hielo para bajar la temperatura corporal e intentar que recuperasen algo del mucho líquido que estaban perdiendo. Los entrenadores estaban cada vez más preocupados por el castigo mutuo que Ali y Frazier se estaban infligiendo: un boxeador exhausto no tiene la capacidad de encajar bien los golpes y eso puede producirle muy serias lesiones, incluyendo la muerte.

Conforme pasaban los asaltos y los púgiles parecían cada vez más agotados —aunque seguían completamente entregados a la lucha—,  periodistas especializados y los espectadores más expertos empezaron a preguntarse por qué el árbitro no ponía fin al combate.

Durante del decimocuarto asalto Joe Frazier tenía sus dos ojos tan hinchados que, literalmente, estaba boxeando a ciegas. Muhammad Ali se dio cuenta de ello, pero herido de consideración y muy cansado tenía que buscar fuerzas donde no las había para seguir castigando al cegado Frazier.

El espectáculo empezaba a parecer una carnicería y ambos púgiles —sobre todo Joe Frazier— se mantenían en pie únicamente gracias al orgullo. Ambos se negaban airadamente a retirarse, parecían preferir arriesgarse a morir antes que tirar la toalla ante su Némesis. Algunos espectadores y comentaristas comenzaron a horrorizarse por lo que estaban viendo.

Ali apenas podía continuar, pero es que Frazier estaba literalmente indefenso, con ambos ojos completamente cerrados. Al final de ese sangriento decimocuarto asalto el entrenador de Frazier decidió que era inhumano dejarle seguir peleando y anunció al árbitro que su pupilo se retiraba.

Joe Frazier, ciego, agotado y con el rostro deformado por los golpes, protestaba a voces insistiendo en que quería seguir peleando: “¡Quiero ir a por él, jefe!”. Su entrenador tuvo que convencerle de la necesidad de retirarse, diciéndole “Nadie olvidará jamás lo que has hecho aquí hoy”.

Ali ganó la pelea,  pero su estado no era mucho mejor que el de Frazier: en cuanto supo que el combate había terminado, se desplomó, incapaz de mantenerse en pie durante un segundo más. Aquel fue el combate más cruento en las respectivas carreras de Ali y Frazier, pero también el que cerró de forma épica una trilogía legendaria de enfrentamientos.
De hecho, tras la pelea, Muhammad Ali habló con sumo respeto de Joe Frazier y elogió su valentía y combatividad, para sorpresa de muchos.

Noveno asalto, contra el Parkinson:

Ali comenzó a recibir tratamiento por la enfermedad de Parkinson en 1984, tres años después de su retirada: en 1981 ya mostraba síntomas evidentes de la enfermedad. Hay quien afirma que esos síntomas se manifestaban ya en los años en que Ali compitió en sus últimos y más bien innecesarios combates (de hecho, en 1976 se trababa  ocasionalmente hablando en las ruedas de prensa, algo extraño en alguien famoso precisamente por hacer gala de una inigualable labia).

El hombre que había sido emblema de la agilidad y el virtuosismo técnico sobre el ring empezaba a sufrir una considerable merma en su movilidad. Pero eso no le impidió seguir actuando como prominente figura pública, llegando incluso a intermediar para la liberación de rehenes norteamericanos en Oriente Medio.

El respeto hacia el otrora controvertido Muhammad Ali fue creciendo de manera imparable, hasta manifestarse claramente en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, donde un Ali ya muy mermado por el Parkinson encendió la antorcha mientras era adorado como ningún otro deportista en el olimpismo moderno. Evidentemente, la gravedad de su trastorno y la merma en su capacidad del habla hizo que su forma de presentarse en público diese un giro de ciento ochenta grados.

El bufón carismático y charlatán desapareció para siempre, y la dignidad y espíritu de lucha con que sobrelleva su enfermedad le han convertido en un venerable ídolo a nivel deportivo y también humano.

Décimo asalto, contra el olvido:

Ningún otro deportista, en ninguna otra disciplina, ha alcanzado una importancia social semejante a la de Muhammad Ali. Es probablemente el único individuo que es universalmente conocido con dos nombres distintos, eso resume bien la magnitud de su fama.

No siempre fue un personaje querido por todos, y no siempre fue un personaje completamente admirable (como decía el título de un artículo británico: “no pretendamos que Muhammad Ali era Gandhi“) pero supo hacer de su carrera una obra de arte, como Groucho Marx o Salvador Dalí.

Sí, fue un genio de la técnica, un artista del pugilato, pero del mismo modo que Groucho trasciende sus películas o que Dalí trasciende sus cuadros, Muhammad Ali trasciende el boxeo y el deporte. Es el hombre que personificó la búsqueda de la fama primero, la búsqueda de la gloria después, y la búsqueda de la inmortalidad más adelante.

Desde sus inicios —aunque resultaba inevitable tomarlo a broma por entonces— repetía incesantemente su intención de convertirse en “el más grande”. Usó toda clase de métodos para conseguirlo, algunos asociados a su talento, otros asociados a su carisma, y aun otros más discutibles y polémicos; pero siempre con un objetivo en mente.

Vista con la perspectiva del tiempo, su carrera es la fascinante epopeya de un hombre que rompió barreras y materializó imposibles, más allá de lo que nadie podía confiar que consiguiera. Su fuerza de voluntad pudo más que sus duros rivales, pudo más que los gobiernos y pudo más que la inevitable decadencia de todo campéon deportivo. Cuando se habla de la historia del deporte en el siglo XX, hay un nombre (bueno, dos: Muhammad Ali y Cassius Clay) y después, por debajo, están todos los demás.

«Es sólo un trabajo. La hierba crece, los pájaros vuelan, las olas golpean la arena… y yo pego a la gente»

Fuente: Jot Down