La Debacle de Lagos

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Un nuevo terremoto acaba de estremecer Chile, la debacle de la candidatura del expresidente Lagos. El sistema político acentuará su deslegitimación si nuevamente elude sacar las conclusiones pertinentes, que a estas alturas son más que evidentes.

Ello resulta peligroso cuando la borrasca que sacude al país y al mundo amenaza convertirse en huracán.

La precandidatura del expresidente Ricardo Lagos ha naufragado tristemente. Su proclamación con muchas dudas por parte del partido que él mismo creó hace años, en un pequeño cine-arte algo venido a menos, resulta lamentable.

Aún si lograsen imponerlo por secretaría en otro partido que debe definirse pronto al respecto, lo cual es altamente improbable, y se midiera en la primaria de su coalición, en este momento bien podría salir tercero.

Y si por arte de birlibirloque de sus asesores llegase a ganarlas, perdería seguro frente al candidato de derecha en la elección presidencial. Bruto finale, el expresidente ha terminado como un perdedor fijo.

Su retorno se había venido gestando desde hace años, sostenido por una poderosa y bien aceitada maquinaria y una pléyade de tecnócratas, ex funcionarios de gobiernos concertacionistas, muchos ejerciendo de lobbistas, abierta o ilegalmente, a sueldo de universidades y otras entidades privadas, especialmente las grandes mineras, que han venido coordinado todo este esfuerzo sin escatimar recursos.

Nadie contribuyó más que el expresidente Lagos y su entorno para minar la autoridad de la Presidenta Bachelet y frenar las reformas de su segundo gobierno.

Tanto que estando ella de viaje y mientras era denostada arteramente en una campaña orquestada, Lagos apareció en La Moneda a dar instrucciones directas al entonces flamante Ministro del Interior, un hombre de su cercanía.

Remató hace pocas semanas cuando de modo arrogante y con evidente molestia de la Presidenta, levantó un ministro para encargarlo de generalísimo de su campaña.

Cuando lanzó públicamente su candidatura hace pocos meses, todos estaban convencidos que ello bastaría para alinear rápidamente a la vieja Concertación y proyectarla triunfante hacia un nuevo mandato.
Se equivocaron medio a medio. Todavía no salen de su asombro. No aciertan a comprender qué les pasó por encima. No pueden aceptar que ellos, los que se ufanan de “hacer las cosas bien” hayan terminado en una sonada debacle.

Con terquedad y empecinamiento impropios de quienes han pretendido reducir la política a “la medida de lo posible”, con bastante crueldad y ningún respeto por la venerable edad e indudables merecimientos de su abanderado, lo siguen empujando a “morir con las botas puestas”.

Lagos y su entorno habían preparado todo minuciosamente, olvidando el único  detalle que el país vive una de las mayores irrupciones masivas de la ciudadanía en la esfera política, de las que han sobrevenido a cada década en promedio a lo largo del pasado siglo.

El apelativo de “cretinismo” con que la ciencia política clásica motejó tal omisión parece hoy más apropiado que nunca.

La irrupción del descontento popular, silenciosa en este caso, ni siquiera tuvo que usar un lápiz como sucedió en las pasadas municipales y Lagos gusta recordar que él usó para derrocar a Pinochet, con evidente desprecio de los años de masivas y heroicas protestas populares y la lucha en todos los terrenos que puso el lápiz en su mano en primer lugar.

El pueblo se ha expresado ahora hundiendo a un nivel sin precedentes su aprobación en las encuestas, irónicamente el instrumento más recurrido por politólogos y opinólogos a la moda, quienes una vez más han evidenciado que de política entienden bien poco.

El problema es que el sistema político en su conjunto, el gobierno de la Presidenta Bachelet, la Nueva Mayoría y también la oposición de centroderecha, todavía no parecen espabilar que para conducir en momentos como éstos hay que avanzar con toda decisión, adelantando consignas y programas y actuar con energía, enfrentando con decisión a los intereses creados que tratan de impedir las reformas indispensables.

Sólo de ese modo es posible encarnar las esperanzas y anhelos del pueblo y encauzar su indignación de modo constructivo realizando las reformas profundas que por eso mismo se tornan posibles.

De no hacerlo, esa misma indignación se vuelve contra la institucionalidad democrática y puede ser instrumentalizada por canallas de propósitos y padrinos inconfesables que la dirigen contra cualquier grupo débil al que puedan identificar como chivo expiatorio.

Es precisamente lo que está sucediendo en los principales países del mundo, cuyas “élites liberales” de centroderecha y centroizquierda, capturadas por grandes intereses, no han sido capaces de resolver los problemas en la estela de la crisis mundial que estos últimos provocaron en primer lugar y su apoyo en la población ha caído a niveles insostenibles.

Algo de eso se está insinuando también en Chile con la irrupción de la demagogia contra los inmigrantes por parte de dos candidatos de derecha, que ha prendido como incendio veraniego. Los resultados destructivos de tal demagogia son bien conocidos y ella debe ser aplastada con decisión por parte de todos los que comprenden su peligrosidad.

La Nueva Mayoría sólo podrá proyectarse hacia un segundo mandato si adopta un programa avanzado que se proponga sin eufemismos corregir las graves distorsiones heredadas de la dictadura, que los gobiernos democráticos no han tocado o incluso agravado en algunos casos. Los pronunciamientos programáticos de las candidaturas actualmente desplegadas distan muchísimo de ello, por el contrario, son aguachentos, no dicen nada o casi nada.

Sin embargo, ni aun el programa más avanzado será suficiente si el actual gobierno no empieza a aplicarlo desde ya, puesto que la ciudadanía se preguntará con toda razón si debe creer nuevamente en una coalición que eligió con mayoría abrumadora para realizar reformas de las que luego abdicó. Ello requiere de modo urgente reemplazar a los ministros determinantes, precisamente a los que se vio en la proclamación de la desfondada candidatura del expresidente Lagos, por otros que retomen con convicción el impulso reformista inicial del gobierno.

La cosa se puede poner color de hormiga. El entorno económico se ve bastante complicado en circunstancias que el sistema democrático pierde la poca legitimidad que le queda en la misma medida que crece la indignación ciudadana, día tras día.  

Ojalá el sistema político chileno haga honor a su reconocida tradición de experiencia y flexibilidad y reaccione a tiempo. Si ello sucede, tendremos algo más que agradecer al expresidente Lagos, a quien deseamos sinceramente que disfrute su vejez rodeado del respeto y cariño de sus conciudadanos, que bien lo merece.

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